Aparecístes, en mi vida,
como un rayo de Sol,
entre, por la ventana,
silenciosamente, de pronto,
descubrí que estabas allí.
Te proyectacte, sobre mi horizonte,
con tu espíritu juvenil,
para ahogar mis experiéncias
y mis popósitos, ya forjados,
sin intensión ninguna, sólo sucedió.
Y, en el mundo, gris, de mis días,
pusiste un motivo, valedero,
para sentir, una razón,
por la cual, poder, ver,
de otra manera, el universo mío.
Contigo, ya, he aprendido
a apreciar lo que ofrece
de mágico e ilusionante,
una dulce sonrisa, entregada,
en la brevedad de un encuentro.
He podido compartir, contigo,
el amanecer de la juventud
y en tus ojos, de niña,
he cogido el valor y determinación,
para terminar, cuando, tú, comienzas.
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